Pumas y pinguinos: Adios ovejas y hola pinguios.Un grupo de pumas cambió la dieta y le dio resultado: su población no para de crecer

La Nacion 26/3/2026

 MONTE LEÓN, Santa Cruz.- 
Los estancieros y los pingüinos de esta estepa fría y ventosa comparten el enemigo: los pumas. 
Los estancieros los odian porque matan a las pocas ovejas que resisten la decadencia de la alguna vez próspera industria ovina. 
Y los pingüinos tienen un problema aún mayor: los pumas se los comen. La imagen, captada por cámaras trampa, es impactante por su ferocidad. Parsimonioso, hasta con desdén, un puma —el depredador tope de la región— avanza sobre dos pingüinos que intentan defenderse con su pico afilado, pero es inútil. 
El puma los voltea con sus garras retráctiles y cierra su poderosa mandíbula sobre el cuello indefenso del ave.
 A su alrededor, otros cientos de pingüinos contemplan la escena, paticortos e incapaces de oponer mayor resistencia, resultan presas mucho más fáciles que los briosos guanacos, el histórico alimento del puma. 
 Pero la imagen también es reveladora por lo novedosa. No hay registros históricos de pumas cazando pingüinos en la cantidad en que lo hacen en esta zona.
 Las razones que explican esta nueva interacción atraviesan un conflicto central de la provincia y evidencian los desafíos que enfrenta la reconstrucción de los ecosistemas naturales. La intensa relación que se está desarrollando entre estos animales tan disímiles, además, influye en los intentos de mitigar el cambio climático.
 Entrenamiento. 
Entrenamiento: Una hembra de puma caza pingüinos en la costa de Santa Cruz.
“Este es el primer lugar de una interacción tan intensa entre pumas y pingüinos”, confirma Emiliano Donadío mientras contempla la pingüinera que queda en la costa del Parque Nacional Monte León, dos horas al norte de Río Gallegos. 
 Donadío es un biólogo patagónico de 53 años formado en la Universidad de La Plata y en la de Wyoming, Estados Unidos.
 Es el director científico de Rewilding y está a cargo de un proyecto financiado por National Geographic para estudiar los efectos ecológicos de la restauración de las poblaciones de grandes carnívoros. 
Pero además de científico, es un aventurero, un naturalista, un activista ambiental y un gran defensor del puma.
 Es una mañana a principios de marzo y el viento que suele azotar este rincón del planeta nos dio una tregua. En la pingüinera quedan pocos ejemplares, el resabio de los miles que se acercan cada verano para reproducirse. 
Reunidos en grupos pequeños sobre la playa, los pingüinos rezagados se preparan para meterse al mar y arrancar su temporada acuática, que dura hasta mediados de octubre.



 Cambio. A lo largo de la historia, los pumas se alimentaron de guanacos, pero en las últimas décadas incorporaron los pingüinos a su dieta .
Esta costa acantilada fue parte de la estancia ovejera Monte León, perteneciente a la familia Braun, una de las pioneras de la zona. 
En su momento más productivo, la estancia —de 63.000 hectáreas— tenía 40.000 ovejas, pero el sobrepastoreo y la caída del precio de la lana por el surgimiento de fibras sintéticas hirieron de muerte el negocio.
A fines de los años 90, la familia le vendió la estancia a Douglas Tompkins, el filántropo ambiental oriundo de Estados Unidos, que le cedió la tierra al Estado argentino para la creación de un parque nacional, el primero en la Argentina con costa de mar. 
Donde antes había ovejas, ahora hay pumas, guanacos, pingüinos, choiques, zorros, peludos y cormoranes. 
El declive productivo de Monte León se repite en toda la provincia, que está repleta de estancias fantasmas.
Según un informe coordinado por investigadores del INTA hace cinco años, más del 20% de los campos de la provincia están abandonados o sin producción.
Desde entonces, la situación solo empeoró. A pocos kilómetros de la pingüinera, un caldero para cocinar el aceite que se obtenía de los lobos marinos y un cablecarril que conecta con una isla donde recogían guano de cormoranes —lo utilizaban como fertilizante— son los resabios de las otras industrias que algunas vez prosperaron en esta costa árida. 
“Ahora es un criadero de pumas”, se queja Miguel O’Byrne. 
Es director del Consejo Agrario de Santa Cruz y un gran conocedor de la estancia Monte León: su abuelo la administraba. Como la mayoría de los estancieros, es un detractor del parque, al que culpa de gran parte de la debacle de su industria. 
“Mató lo poco que quedaba de actividad económica”, afirma. Según los cálculos de Donadío, en las inmediaciones del parque hay alrededor de 90 pumas, una población acorde a la extensión del territorio y el alimento disponible. 
Un porcentaje de esos pumas —una primera estimación indica que serían alrededor del 65% de la población evaluada— incorporaron la nueva costumbre de acercarse a la pingüinera para cazar. Este comportamiento está modificando la dinámica natural de la estepa, pero no amenaza la supervivencia de los pingüinos. 
Siguen siendo muchos, incluso ahora que cayeron dentro del menú de los pumas 

 El camino del alimento 
Las diferencias en el territorio que recorren los pumas que comen pingüinos y los que no lo hacen La dieta de los pumas de Monte León Tasa de depredación de guanacos por pumas 

La dieta de los pumas de Monte León

Tasa de depredación de guanacos por pumas

La razón central de este cambio de dieta es la oportunidad. Los pumas ahora comen pingüinos porque los tienen disponibles. En el pasado no había grandes colonias de pingüinos en el continente por la amenaza del puma.En una adaptación natural al entorno, los pingüinos anidaban en las islas frente a la costa y evitaban así ser presa de los grandes carnívoros del continente. “No hay evidencia de que los pueblos originarios de la costa utilizaran pingüinos. Eso demuestra que antes no había colonias continentales de los animales”, afirma Donadío.  Sin embargo, algo cambió para permitir que los pingüinos colonizaran la costa del continente. Y el origen de esta alteración es, cuando no, el hombre. A fines del siglo XIX este rincón del planeta que durante siglos había sido un paraje distante, surcado por animales salvajes, viento y pueblos nómades –el sur del continente americano fue una de las últimas regiones a las que llegó nuestra especie– comenzó a poblarse de inmigrantes de Inglaterra, España, Croacia, 
Finlandia y otros lugares lejanos. Vinieron con sus costumbres y su animal productivo: la oveja. Entre 1940 y 1960, en el apogeo de la industria, la naturaleza fue modificada por completo. Con 8 millones de ovejas, las estancias y cuadrillas itinerantes trabajaban sin descanso desde octubre hasta mediados del verano, la época de esquila. La lejana Patagonia austral había logrado insertarse en el circuito del comercio internacional como exportadora de lana. 
Praderas amplias y pastizales: el territorio parecía hecho a medida para la producción ovina. Pero las ovejas tenían problemas con las dos especies originarias.
 Los pumas las cazaban y los guanacos les disputaban el alimento. Expeditivos, los estancieros lo solucionaron con balas para ambos. 
Cuando este era el reino de las ovejas, los pumas se habían convertido en fantasmas, con su población muy disminuida.
 Los guanacos sí se veían, pero eran muchos menos que antes de la llegada de los inmigrantes. 



 Proceso. Luego de décadas de sobrepastoreo, los pastizales de Monte León, una estancia que tiene costa de mar, comienzan a recuperarse 
Ese escenario comenzó su decadencia a finales del siglo XX cuando un cúmulo de razones puso en jaque a la industria ovina.
 Aunque los estancieros siguen culpando a pumas y guanacos, la principal causa del declive fue la población excesiva de ovejas, cuyo pastoreo terminó erosionando la fina capa de vegetación y desertificando esta zona de la Patagonia. 
“El sobrepastoreo continuo y generalizado ha provocado que aproximadamente el 94% de la estepa patagónica muestre algún nivel de degradación”, consigna un artículo científico publicado por Donadío y otros autores. 
 Los pastizales secos no pudieron soportar la carga de ovejas y los campos dejaron de ser rentables. Santa Cruz se fue convirtiendo en un cementerio de estancias, con vegetación que comienza a trepar alrededor de impactantes casonas y galpones de esquila traídos en barco desde Inglaterra. 
 Este proceso de asilvestramiento del territorio —la pesadilla de los estancieros y el paraíso de los ambientalistas— está haciendo que la provincia vuelva a su estado natural, a su condición previa al influjo ovejero.
 También abrió la puerta para el retorno de las dos especies pródigas. Según los cálculos del Consejo Agrario, en la provincia hay 2,5 millones de guanacos. 
Aunque los censos son difíciles de realizar, la realidad es que son omnipresentes y un peligro para los conductores. Pastorean al costado de las rutas y, cuando se sienten amenazados, las cruzan de manera intempestiva, generando decenas de accidentes. 
Camuflados entre los pastizales, al acecho, los pumas se dejan ver menos, pero su población también se está recuperando.
 “Hay que llamar al Ejército y hacer quita”, propone Enrique Jameson, presidente de la Federación de Instituciones Agropecuarias de Santa Cruz, como solución para lo que considera un crecimiento excesivo de la población de guanacos. 
Su idea para los pumas es habilitar cotos de caza. La eliminación de una especie autóctona es un error ético y de enfoque, retruca Donadío. 
No solo está mal, sino que no funciona, dice. “Se vienen matando pumas y guanacos desde hace 100 años y a pesar de esta larga historia de persecución, el asunto no se resolvió. La estrategia ha sido un fracaso y hay que cambiarla”, señala. 
 “Este es el primer lugar de una interacción tan intensa entre pumas y pingüinos” 

Este es el primer lugar de una interacción tan intensa entre pumas y pingüinos”

Emiliano Donadío, biólogo.

Proyecto científico. Donadío y su equipo capturan pumas para ponerles un collar con GPS y estudiar sus movimientos y su dieta 

Más allá de esta discusión, la aparición de los pingüinos, el tercero en discordia, modificó la intensa relación histórica de pumas y guanacos y ofrece un atisbo sobre la complejidad de la restauración ecológica, el movimiento que busca reintroducir especies diezmadas para recuperar los ecosistemas. 

“El ambiente original es imposible de restaurar”, plantea Donadío refugiado en una casa simple y fría que fue parte de la operación ovejera de la estancia Monte León y hoy funciona como cuartel general de su proyecto de investigación, que es científico, pero también ambiental.
 “Monte León es el primer caso de éxito medido”, afirma con cara de maldormido. Anoche estuvieron hasta muy tarde y bajo la lluvia lidiando con un puma que había caído en una de las trampas que utilizan para monitorear a la especie.
 Los atrapan para ponerles un collar con el que miden sus movimientos y su dieta. Al momento tienen 13 pumas monitoreados de la población total de alrededor de 90. 
“Hay una buena densidad de pumas. Esto se demuestra en que su alimentación está sostenida por presas nativas. También es una buena señal que la principal causa de mortandad sean ataques de otros pumas, como debería ser”, señala. 
 La presa más habitual de los pumas de Monte León son los guanacos, pero esos números esconden algunos detalles importantes.
 La variable que define el tipo de dieta de los pumas es si comen pingüinos. Esto, incluso, modifica sus movimientos. 
En el verano, la época en que los pingüinos ocupan la costa, los pumas que los consumen se trasladan mucho menos que aquellos que no lo hacen. Tiene lógica: los que basan su dieta en pingüinos tienen el alimento garantizado y fijo en un lugar. 
Los que prefieren guanacos tienen que moverse para cazarlos. Emiliano Donadío, biólogo 



Recuperación.  En Monte León, el puma dejó de ser un fantasma y cada vez se ven más 
Estos movimientos e interacciones son el objeto de estudio de Donadío como parte del proyecto de National Geographic.
 La hipótesis de la que parte es que el retorno de los grandes depredadores recompone y sana los ambientes naturales. El puma, dice, es un garante de biodiversidad, ya que cazar herbívoros, como el guanaco, tiene un efecto beneficioso sobre la vegetación. A menor cantidad de guanacos, mayor recuperación de los pastizales. 
Esto genera más tejido verde realizando fotosíntesis, lo que mitiga el cambio climático. La misma cadena virtuosa del puma en la Patagonia aparece con el yaguareté en los Esteros del Iberá.
 La reintroducción del depredador tope de la Mesopotamia ayudó a reducir la presión de los carpinchos sobre la vegetación.
En la isla San Alonso, la sede científica de Rewilding, había 50 carpinchos por km2. 
Desde la introducción del yaguareté, esa tasa se redujo a 1 carpincho por km2. Con el proyecto de investigación llegando a su fin, 
Donadío quiere pasar del estudio a la propuesta de soluciones. Su apuesta es reconvertir el perfil de las estancias ovejeras para transformarlas en opciones turísticas que pongan en valor la rica historia de la zona. Además de hotelería de calidad en las viejas casonas recicladas, su plato fuerte será el avistaje de pumas, una industria en auge en Chile.
 De este modo, los estancieros transformarían un problema en oportunidad. La idea es atractiva y factible. En apenas una mañana, guiados por Matías Chambón, uno de los colaboradores de Donadío, vimos dos pumas. 
Estaban almorzando, pero ese día el menú no incluía pingüino. Uno saboreaba un guanaco. El otro, un choique.

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